Bombardeos de Hiroshima y Nagasaki (por el historiador Felipe Botaya)

 

El pasado 6 de Agosto se celebró el aniversario del bombardeo nuclear norteamericano sobre una población civil en la II Guerra Mundial. Le seguiría Nagasaki el 9 de Agosto. Sigue siendo el record absoluto de matanza de personas en el menor tiempo posible, sin contar los que murieron después debido a la radiación y a las brutales quemaduras ¿Era necesario? Es la pregunta que surge ante la magnitud de lo que allí sucedió. Hablaremos de ello, pero antes un cierto recopilatorio.

Sin duda fue la acción más espectacular de la presidencia de Truman, al poco de llegar al poder tras la muerte de Roosevelt, casi al final de la contienda en el teatro de operaciones europeo. Esta acción desmesurada no debe de ser jamás olvidada que le costó la vida de forma directa a más de 200.000 personas, la mayoría civiles, incluyendo a miles de trabajadores coreanos que se hallaban en esas ciudades. Como anécdota, también murieron doce pilotos americanos que estaban encarcelados en Hiroshima.

Una de las menciones más curiosas tras el bombardeo es que las autoridades norteamericanas prohibieron hablar de radiación, insistiendo en que la gente murió por el estallido de la bomba y nada más. Fue la primera gran mentira de las muchas que hubo. La portada de los medios y concretamente del New York Times, lo dejaba claro “No hay radiación en las ruinas de Hiroshima”. Sigue siendo un clásico de la desinformación y de la abdicación de los medios ante el poder. De todas formas, los medios ya estaban y están en manos de los mismos. Menos mal que hubo un periodista con agallas, el único, que trabajaba para el Daily Express llamado Wilfred Burchett, que tras un peligroso viaje hasta Hiroshima, visitó los hospitales repletos de víctimas y dijo que aunque no se veían heridas visibles en algunos heridos, éstos morían en lo que él llamó “plaga atómica”. Por decir esta verdad, le fue retirada su acreditación y calumniado por la profesión y los poderes fácticos.

El bombardeo atómico sobre Japón fue un acto criminal a una escala titánica. Fue un acto de asesinato masivo premeditado. Sólo por esta razón, los reivindicadores del uso del arma atómica han buscado refugio en el mito de última “guerra justa”, cuyo “baño ético”, como le llamó Richard Drayton, el profesor de Historia en el Kings College, le ha permitido a occidente expiar su sangriento pasado y promocionar más de 60 años de guerras de rapiña, siempre bajo la sombra de la bomba atómica.

Pero quizás la mentira que mejor resiste el tiempo es que las bombas atómicas salvaron vidas. Sin embargo, en una investigación de 1946 sobre el bombardeo estratégico de los Estados Unidos, queda claro que “la supremacía aérea sobre Japón daba la presión suficiente para obtener la rendición incondicional y evitar la necesidad de una invasión”. Basada en una detallada investigación sobre los hechos y refrendado por el testimonio de los líderes japoneses supervivientes, “Japón se hubiese rendido incluso si no se hubiesen lanzado las bombas, incluso si Rusia no hubiese entrado en guerra e incluso si no se hubiese contemplado una invasión sobre territorio nipón”.

El Archivo Nacional en Washington contiene documentos del gobierno de los Estados Unidos en los que se indica que Japón quería la paz ya a principios de 1943. A nadie le interesó. Un cable enviado por el embajador alemán en Tokyo el 5 de Mayo de 1945 e interceptado por los americanos, disipa cualquier duda sobre los desesperados intentos de los japoneses por la paz incluyendo “la capitulación incluso si los términos de la misma son duros”. En vez de ello, el Secretario de Guerra de Truman, Henry Stimson le dijo al presidente que “temía que los bombardeos sobre Japón dejasen al país tan mal que la nueva bomba no pudiese demostrar su poder”. Más tarde admitió que “no se hizo ningún esfuerzo, ni nadie consideró seriamente el obtener la paz simplemente para no tener que usar la bomba”. Sus colegas en política exterior estaban ansiosos por “intimidar a los rusos con la bomba que estaba en nuestras manos”.

El general Leslie Groves, director del Proyecto Manhattan testificó “No hubo ninguna ilusión por mi parte de que Rusia era nuestro enemigo y que se trabajó en el proyecto con este pensamiento”. El día después de la destrucción de Hiroshima, Truman expresó su satisfacción por “el éxito extraordinario del experimento”. El 9 de Agosto dijo “El mundo verá que hemos lanzado la primera bomba atómica sobre Hiroshima, una base militar. Eso fue porque deseábamos en este primer ataque evitar, hasta donde fuese posible, la muerte de civiles”. Este enunciado no sólo es absurdo, si no que es mentira. Pearl Harbour sí era una base militar. Hiroshima era una ciudad, con unos 300.000 habitantes y entre ellos también militares.

En otras ocasiones Truman dijo que Hiroshima fue bombardeada porque era un centro industrial. Pero tal como dijo la investigación del bombardeo estratégico norteamericano, “las fábricas estaban en los alrededores de la ciudad y sobrevivieron a la explosión, que sí cayó en el centro de la ciudad”. Además, el decir que Hiroshima era un centro importante industrial o militar no es verdad ya que permaneció intacta a través de la guerra a pesar de los devastadores bombardeos sobre Japón y sus islas, y nunca figuró en la Lista del Comando de Bombardeo entre los 33 objetivos más importantes.

Como he dicho más arriba, el bombardeo atómico y su necesidad, descansan sobre la supuesta verdad de que salvó vidas, 500.000 vidas americanas que se hubiesen perdido en la invasión prevista para diciembre de 1945 en Kyushu y en las siguientes de 1946 en Honshu, si hubiese sido necesario. Pero en el peor escenario de una invasión a gran escala de Japón se hubiesen perdido unos 46.000 soldados. La ridícula cifra de medio millón de soldados, cerca del doble de las vidas perdidas por Estados Unidos en todos los teatros de operaciones de la II Guerra Mundial, se repite de forma rutinaria por historiadores e incluso en libros de texto de las escuelas y universidades. Incluso Bush dijo en 1991, que “el lanzamiento de las bombas salvó a millones de americanos”.

Incluso Truman fue consciente del horror que había desatado ya que las autoridades americanas de ocupación censuraron los informes de las dos ciudades devastadas y no permitieron filmar o fotografiar a los miles de cuerpos y los mutilados supervivientes y que la gente en Estados Unidos pudiese ver lo que había causado. De otra manera, los americanos y el resto del mundo, hubiesen comparado esas imágenes con las escenas que sí se difundieron sobre los campos de concentración alemanes. Pero tal como se hizo no había que preocuparse. Al acabar la guerra el pueblo americano aprobó la decisión de Truman y que las bombas fueron necesarias para acabar la guerra.

Leo Szilard fue el renombrado físico judío que llevó la carta original firmada por Einstein a Roosevelt para realizar el Proyecto Manhattan. En 1960, pocos años antes de su muerte en 1964, Szilard dijo una verdad obvia “Si los alemanes hubiesen lanzado la bomba atómica sobre ciudades en vez de nosotros, hubiésemos definido el lanzamiento de bombas atómicas sobre ciudades como un crimen de guerra, y hubiésemos sentenciado a los alemanes culpables de ese crimen a muerte en Nuremberg y los hubiésemos colgado”.

Esa verdad obvia me lleva a una reflexión: La destrucción de Hiroshima y Nagasaki fue un crimen de guerra peor que cualquiera de los cometidos por generales japoneses que fueron ejecutados en Manila y Tokyo. Si Harry Truman no fue un criminal de guerra, entonces nadie lo fue.

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