72 años de la muerte de Adolf Hitler

En la medianonoche del 29 de abril de 1945, Hitler se casó con Eva Braun en una pequeña ceremonia civil en el interior del Búnker, teniendo como testigos a Magda y Joseph Goebbels, con la presencia de Traudl Junge, su secretaria, quien preparaba lo necesario para el testamento político. Antony Beevor sostiene que, después de tomar un modesto desayuno de bodas con su esposa, Hitler llevó a su secretaria Traudl Junge a otra habitación y le dictó su última voluntad y testamento. La redacción duró algo más de dos horas y se prepararon cuatro copias, que salieron inmediatamente a sus destinos. Firmó estos documentos a las 04:00 y luego se retiró a dormir.

El final

Al amanecer del 30 de abril de 1945, Hitler pidió reunir a todo el cuerpo médico y se despidió de él, ante la estupefacción y sollozos de los presentes. Según Junge, Hitler quedó contemplando pensativo un cuadro de Federico el Grande en su despacho y luego a continuación ordenó que el personal que no fuese indispensable abandonara el Búnker. Hizo llamar a Otto Günsche y a Heinz Linge, sus ayudantes, y les dio estrictas instrucciones de cómo debían actuar en el momento del suicidio y qué hacer con su cuerpo y el de Eva Braun. Günsche inició los preparativos y llamó a Erich Kempka, el chófer de Hitler, para que de inmediato subiera bidones de gasolina hacía la salida del jardín de la cancillería.

Hacia el mediodía, se reunió con sus secretarias y almorzó silenciosamente una comida basada en pastas; luego se despidió de cada una de ellas. Posteriormente se despidió de la familia Goebbels, sin hacer caso a las peticiones de Magda Goebbels de que no se suicidase.

Hacia las 15:30 horas, Hitler y Eva Braun se reunieron frente a la sala de mapas contigua al despacho privado y se despidieron de sus edecanes, Heinz Linge y Otto Günsche, quienes cerraron la puerta; un par de minutos después se escuchó un solo disparo ahogado.

Los edecanes esperaron unos 15 minutos y encontraron a Hitler doblado sobre sí mismo en un sillón, con una pistola Walther PPK de 7,65 mm caída de su mano derecha y con un hilo de sangre manchando la cara del líder. Eva Braun no alcanzó a percutir su arma y estaba tendida a lo largo del diván con los ojos aún abiertos; el efecto del cianuro no le permitió el uso del arma.

Linge relató de primera mano lo que vio en el despacho de Hitler:
“Cuando abrí la puerta de su habitación, me encontré con una escena que nunca olvidaré: a la izquierda del sofá estaba Hitler, sentado y muerto. A su lado, también muerta, Eva Braun. En la sien derecha de Hitler se podía observar una herida del tamaño de una pequeña moneda y sobre su mejilla corrían dos hilos de sangre. En la alfombra, junto al sofá, se había formado un charco de sangre del tamaño de un plato. Las paredes y el sofá también estaban salpicados con chorros de sangre. La mano derecha de Hitler descansaba sobre la rodilla, con la palma mirando hacia arriba. La mano izquierda colgaba inerte. Junto al pie derecho de Hitler, había una pistola del tipo Walther PPK calibre 7,65 mm. Al lado del pie izquierdo, otra del mismo modelo, pero de calibre 6,35 mm. Hitler vestía su uniforme militar gris y llevaba puestas la insignia de oro del Partido, la Cruz de Hierro de Primera Clase y la medalla de los heridos de la Primera Guerra Mundial; además, llevaba puesta una camisa blanca con corbata negra, un pantalón de color negro, calcetines y zapatos negros de cuero”.
Heinz Linge.

Destino final de sus restos.

De inmediato los asistentes de Hitler sacaron ambos cuerpos envueltos en una alfombra. Linge y Günshe transportaron el cuerpo de Hitler en la alfombra, mientras que Martin Bormann y Erich Kempka trasladaron el cadáver de Eva Braun. Los cadáveres fueron subidos hacia el patio de la Cancillería del Reich, siendo depositados en un agujero de obús; Otto Günsche roció ambos cuerpos con unos 200 litros de gasolina sacada de los automóviles que aún se hallaban en los sótanos de la Cancillería. Ante la imposibilidad de acercar una cerilla a causa del fuerte viento, Bormann elaboró una antorcha que prendió y se la pasó a Erich Kempka, con lo cual éste pudo poner fuego a los cadáveres. Estaban presentes Joseph Goebbels y otros dignatarios.

La caída de obuses del Ejército Rojo en el patio impidió a los edecanes seguir en el exterior, por lo cual no pudieron supervisar que los restos se consumieran completamente; ante ello, los jefes allí presentes optaron por enterrar ambos cadáveres, aunque debido a las prisas del momento sólo lograron hacerlo superficialmente.

Cuando el 1 de mayo el almirante Karl Dönitz anunció por radio la muerte de Hitler en su búnker, Stalin mostró escepticismo y formuló presión directa a la NKVD y al jefe de ésta, Lavrenti Beria, para que las unidades de la NKVD en Berlín hallasen los presuntos restos de Hitler en el plazo más breve posible. Una unidad especial soviética de la SMERSH se encargó de una exhaustiva búsqueda en la Cancillería del Reich y allí lograron encontrar los cadáveres de Hitler y Eva Braun el 9 de mayo. Las piezas dentales de ambos cráneos se hallaban intactas y fueron comparadas con archivos dentales suministrados por una ayudante del dentista de Hitler; asimismo se realizaron interrogatorios detallados a todos los edecanes y ayudantes capturados en el Führerbunker, con lo cual los hallazgos de la SMERSH quedaron ratificados.

De todos modos, el gobierno de la Unión Soviética no divulgó mayor información sobre la muerte de Adolf Hitler, e inclusive Stalin negó ante diplomáticos estadounidenses tener alguna certeza de la muerte de Hitler. El régimen stalinista consideró conveniente mantener dudas sobre el cadáver del Führer como arma de propaganda durante la Guerra Fría, acusando a los gobiernos de EE. UU. y Gran Bretaña de ocultar un presunto “escape” de Hitler hacia España o Sudamérica, sea en un submarino o bajo una identidad falsa. Esta incertidumbre, aumentada por el hecho que el gobierno soviético rehusaba dar información detallada sobre el cadáver de Hitler o el de Eva Braun, desencadenó toda suerte de mitos sobre el destino final de Hitler que perduran hasta el día de hoy.

Tras la muerte de Stalin en 1953, la política oficial de la URSS se basó en mantener dudas sobre la muerte de Hitler, en línea con la propaganda del régimen, aunque en 1969 un periodista soviético logró publicar un libro detallado sobre el destino de los cadáveres del Führer y su esposa.

Revelaciones tras el fin de la URSS.

Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991 se permitió el acceso de investigadores extranjeros a los archivos soviéticos de la Segunda Guerra Mundial, pero éstos no arrojaron nuevas informaciones en tanto el destino final de los restos de Hitler seguía siendo calificado como información de alto secreto. Paulatinamente, documentos desclasificados de la KGB permitieron reconstruir lo sucedido, y acreditar que la NKVD sí descubrió e identificó los restos de Hitler pocos días después de cesar la Batalla de Berlín, junto a los restos de la familia Goebbels.

Las autoridades de la NKVD ordenaron llevar los restos a un cuartel de la propia NKVD en la ciudad de Magdeburgo (en territorio de Alemania Oriental), junto a los restos de la familia Goebbels, y en febrero de 1946 los enterraron en cajas de madera dentro de un jardín del cuartel. Sólo la máxima jerarquía de la NKVD (y de su sucesora, la KGB) sabían el contenido de esas cajas, así como su ubicación precisa.

En 1970 la KGB cedió el control de sus instalaciones de Magdeburgo al gobierno de la República Democrática de Alemania, pero antes de ejecutar el traslado el primer ministro soviético Yuri Andrópov envió desde la URSS un equipo especial de la KGB a Magdeburgo para destruir secretamente los cadáveres enterrados allí en 1946. Tras desenterrar las cajas en abril de 1970, los agentes soviéticos quemaron los restos de cadáveres que encontraron dentro, y luego trituraron las cenizas, arrojándolas inmediatamente después al río Biederitz, un tributario del Elba.

La leyenda sobre su huida.

Hemos visto cómo los principales artífices de la leyenda sobre un posible escape de Adolf Hitler fueron los soviéticos, que pretendían de esa forma endilgar a sus socios capitalistas, la intención de protegerlo.

Esta acción de contra inteligencia y desinformación se enmarcó primero en la Guerra Fría, pero la sobrepasó al poco tiempo, comenzando a actuar en otros niveles del gran combate que se libra en el mundo. Los principales interesados en mantener la versión de un Hitler que huyó, son los judíos. De esta forma logran desmitificar la figura del Führer. Ya no se trata de un líder que muere con su pueblo, sino de un hombre que en su ruindad, deja a su pueblo en la estacada y huye en procura de su propia seguridad.

La sobrevivencia del Führer les habría venido muy bien a los judíos y a Israel para mantener temor a un resurgimiento “nazi”, que justifique medidas represivas, disfrazadas como preventivas.

Los rumores que cada tanto surgen sobre la huida de Adolf Hitler pretenden simplemente descalificar su figura. Empequeñecerla como héroe histórico del pueblo alemán y como guía de toda nuestra raza.
Hitler con su suicidio cumplió su palabra de no sobrevivir a una derrota. ¿Alguien que se llame nacionalsocialista, puede pensar que habría sido capaz de escapar dejando a quien fuera su hombre más fiel y mejor amigo, Joseph Goebbels, a su esposa Magda y a sus hijos, a los cuales amaba y que lo llamaban “tio”, para que murieran en el búnker?

Un nacionalsocialista que duda sobre la muerte del Führer es igual a un cristiano que piensa que Cristo no murió en la cruz. Es exactamente la misma situación. Una contradicción en sí misma.

Testamento político de Hitler: https://quenosocultan.wordpress.com/2013/05/31/testamento-politico-de-adolf-hitler-completo/

 

 

“Es necesario que muera por mi pueblo, y un día mi espíritu se levantará de la tumba y el mundo sabrá que yo tenía razón”

 

 

 

 

 

 

 

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